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El poder del perdón :perder un hijo

Una de las peores cosas que pueden suceder en la vida de alguien es perder un hijo. Y el dolor de la pérdida se hace peor si la causa de la muerte es culpa de otro. Tal situación terrible ocurrió en la vida de Cristina y su esposo Jorge. Sucedió un sábado por la tarde, en el verano de 2006. El tercer niño de Cristina, Matías (un estudiante de ingeniería de 19 años de edad), se despidió de sus padres, y fue a dormir en la casa de su abuelo, quien se encontraba de vacaciones. Esa fue la última vez que vieron a Matías con vida. Cuando su hijo no se presentó a almorzar al día siguiente como estaba previsto, la búsqueda se puso en marcha, y otro miembro de la familia finalmente encontró muerto a Matías, en el piso de la casa del abuelo, con un tiro en la cabeza. La policía dijo inicialmente que la muerte fue un suicidio, pero después de presión de la familia, finalmente se puso en marcha una investigación. El dolor de la familia fue peor por el hecho de que el principal sospechoso nunca fue condenado, sino seguía andando en el barrio.

Cristina sentía una ira tremenda hacia la persona que había asesinado a su hijo, y hacia la policía, que no había logrado condenar al asesino. Se sentía culpable por no haber protegido a su hijo y este sentimiento de culpa se agravaba por los comentarios de familiares y vecinos. Cristina solía llorar durante horas cada día, y su marido era incapaz de consolarla. La familia había dedicado sus vidas al Señor varios años antes, y esto le daba la fuerza para seguir adelante. El dolor de Cristina se convirtió en una profunda depresión, acompañada de ansiedad extrema y ataques de pánico. No podía soportar estar con otras personas, y se encerró en su casa. No tenía el deseo de cuidar su apariencia personal, ni limpiar la casa, ni cocinar para su familia. Fue enviada a varios psicólogos y psiquiatras que prescribieron medicamentos, pero nadie podía sacarla de su profunda depresión y tristeza. Su salud fue afectada de otras maneras también. Comenzó a sufrir de presión arterial alta y de diabetes. Tenía mucho dolor en los huesos y fue diagnosticada con artritis, a pesar de ser una mujer de solo 50 años de edad. A veces, incluso pensaba “¿No sería mejor si yo hubiera muerto en lugar de mi hijo?”

Esta terrible situación continuó durante años, y toda la familia sufría. Un día, su hija, que estaba casada y viviendo en la zona de San Justo, en Buenos Aires, invitó a Cristina a venir y quedarse algunos días con ella. Explicó que un evangelista iba a llegar a la zona, y que estaba seguro de que Dios sanaría a Cristina de su depresión. Cristina había oído hablar del evangelista, ya que una amiga suya había sido sanada de cáncer en una campaña 10 años antes.

Llegó al lugar de la campaña encorvada por la artritis, caminando como un caracol, sin poder mover los brazos. Pero estaba decidida a ir porque se dijo: “Quiero estar mejor.” Mientras escuchaba los mensajes sobre el poder del perdón, su corazón empezó a ablandarse. Una noche, aceptó la invitación de pasar al frente para recibir oración por sanidad, y se encontró delante de la plataforma. Lo siguiente que recuerda es que se despertó en la carpa de liberación. Dos hermanas oraron por ella, y finalmente tomó la decisión de perdonar a la persona que había matado a su hijo, y a todos aquellos que no habían logrado llevar al asesino ante la justicia. Y los perdonó.

Después de la ministración, Cristina era una persona diferente. Por primera vez en años podía sonreír. Su hija casi no podía reconocerla. Hasta ese momento siempre tuvo que tomar pastillas para que pudiera levantarse, para que pudiera estar con otras personas, para aliviar el dolor en los huesos, y para permitirle dormir. Pero ahora podía moverse sin problemas y vivir una vida normal: podía salir sola y viajar en micro, algo que antes no podía hacer. Su marido, por supuesto, estaba encantado de ver a su esposa por fin feliz. Cuando fue a ver a su médico, el se sorprendió por el cambio en su estado de salud; no solo por el cambio en su rostro, además no tenía más presión y el nivel de glucosa fue estable. Cristina le explico que había visitado una campaña de milagros y el médico le respondió “Ah. Con razón! Ahora entiendo. Es lo mejor que pudiste hacer.”

Una semana después de recibir la liberación Cristina compartió su testimonio de cómo Jesús la liberó de la falta de perdón y depresión. “Si no perdonas, no puedes seguir adelante con tu vida”, explicó ella a las miles de personas escuchando su testimonio en la campaña.

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