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Testimonio Cristiano del Delantero de River – Radamel Falcao García

Passarella apuesta a una nueva pareja de ataque, la 8 de esta temporada (2007), para seguir vivo en la Sudamericana. Los pibes, devotos fervientes de la iglesia Campeones de Cristo, intentan librar del mal al Millo.

La elección fue inconsciente, alentada por la necesidad. Incluso, a Passarella se le habrá pasado por alto el detalle. Pero con la dupla de ataque que eligió el Kaiser, esta noche River puede contar con ayuda divina, algo para nada despreciable en una situación límite como la que afronta el equipo ante Botafogo.

Porque el gol que tanto necesita River estará en manos de Radamel Falcao García y el pibe Andrés Ríos, fervientes creyentes y a la vez, predicadores de la palabra de Dios.

La devoción del colombiano por la religión viene de herencia familiar. Y apenas llegó a la pensión del club para sumarse a la Octava, se unió al Centro Cristiano Nueva Vida. Allí, en la iglesia ubicada en Cabrera al 4.600 de Palermo, todos los lunes a la noche se reúne una congregación llamada Campeones para Cristo. Falcao empezó a invitar a varios chicos de las Inferiores y uno de los pibes que se prendió, más adelante, fue Ríos.

Andrés había pasado momentos complicados en el inicio de su adolescencia en la villa del barrio Zabaleta. Para escapar a las tentaciones, que lo hicieron pensar incluso en dejar el fútbol, primero se acercó a la parroquia del barrio y luego a Campeones… “Mi fidelidad a Dios, aunque cuesta porque uno tiene que pelear muchas batallas, fue fundamental para llegar a este presente”, contaba Ríos cuando daba sus primeros pasos en la Primera.

En la iglesia, ambos tienen un rol importante. Falcao es el que siempre cita las palabras de la Biblia justas para cada ocasión. Ríos también es habitual orador y uno de los preferidos de la congregación, por la manera tan pasional con la que se expresa. Pero no son los únicos del plantel que acuden a este centro cristiano. Augusto Fernández y Carrizo van en algunas oportunidades, como Villagra, Burzac y Sciorilli.

Obviamente, el Kaiser no armó el equipo teniendo en cuenta este dato. Con Rosales aún en plena recuperación de un desgarro, Alexis Sánchez a punto de operarse y Ruben con un molesto esguince de tobillo, el técnico optó por los dos puntas en mejor nivel físico y futbolístico. Si bien el colombiano anduvo mal ante Tigre, venía rindiendo antes de los amistosos que jugó con su selección. Hoy, Ríos está un escalón por encima del Roly Zárate, a quien Passarella mantiene relegado. Y además el pibe cumplió cuando fue titular contra Vélez: hizo el primer gol de 5-0. Otro juvenil que podía pelear por un lugar es Juan Antonio, aunque el técnico ni lo concentró: prefirió apostar por cuatro hombres bien de área (Falcao—Ríos en la cancha y Ruben—Zárate en el banco).

A los dos atacantes de esta noche también los une la genética futbolística. Son muy parecidos. Juegan de 9, les gusta tratar bien la pelota y hasta tirar algún lujo, tienen clase para definir y saben moverse de espaldas al arco. “Me gusta Van Nistelrooy, por la habilidad y la chispa en los pocos metros finales. Y de River trato de copiar los movimientos de Falcao y el Tecla Farías: de ellos aprendo cómo aguantar la pelota y buscar los espacios vacíos”, reconoció Andrés hace un tiempo.

Hoy, estos dos compinches religiosos asumirán la gran responsabilidad de llevar a River a la próxima fase de la Sudamericana con sus goles: con un 2-0, River se clasifica. Pero si Botafogo convierte uno, necesitará ganar 3-1. No es un partido más ni por asomo, porque una derrota podría empezar a desencadenar el fin del ciclo Passarella. Se vivirá un clima tenso durante la noche, o al menos hasta que River logre sacar una diferencia tranquilizadora. Por eso, toda ayudita extra es bienvenida. Y no hay nada mejor que una dupla divina como la que integran Falcao—Ríos para recibir una bendición y alejar tantas maldiciones.

Publicado por el diario OLE el 28 de Septiembre
Dios jugó para River
Radamel hizo el milagro: gracias a sus tres goles y a la ayuda del pibe Ríos, otro atleta cristiano, River eliminó al Botafogo en el descuento.

Lágrimas. Sudor. Delirio. Emoción. Hazaña. Todas estas palabras recorren las vísceras de Radamel Falcao García Zárate, mientras sus manos señalan religiosamente el cielo.

Fuerza. Valor. Impetu. Furia. Estas otras, riegan el Monumental en la corrida hacia la nada del colombiano. En esa búsqueda de un saludo divino y de los abrazos de todos, de los que tienen fe en los milagros de arriba, de los ateos que anoche se transformaron en creyentes, de los que se quieren tirar desde la San Martín, de los que lloran, de los que se emocionan. Y de los que recordarán la noche de ayer simplemente con la singularidad de un nombre: Falcao.

Era el cuarto gol de la noche, o sea el de la clasificación, pero el héroe aún no estaba enterado. “Ya había perdido la cuenta, y preguntaba si teníamos que hacer un gol más. Pero al ver la fiesta, la emoción y la manera en que me siguieron en el festejo, me enteré de que sólo era momento para disfrutar”, comentó, eufórico, cuando ya era plenamente consciente del significado de su obra.

Una obra que cambió el calvario por la épica. Que le dio respiro a Passarella. Que apagó la hoguera de un Monumental que estaba a un chispazo del “botafuego”. Que empezó con una palomita certera tras un centro de Ferrari, a los 31 minutos del primer tiempo. Que siguió con un latigazo desde afuera del área para el 2-2, en un instante en el que muchos abandonaban el estadio y otros le daban a esta definición un carácter decorativo. Que culminó por los aires en su gran salto, siguiendo la trayectoria de un bochazo de Ortega y apuntalándose en la capacidad de este Tigre para mantenerse en el aire un segundo más que todos los defensores de Botafogo.

“Esto fue una fiesta”, se alegró Radamel. “Nos dijimos que dependíamos de nosotros. Y dimos todo para lograr esta clasificación. Estoy feliz”, siguió, exultante y verborrágico el colombiano que anoche fue Maradona y Pelé, que alegró a argentinos y deprimió a brasileños. Frases y elogios que quedaron resumidos en el saludo que Passarella le dio apenas rozó la gloria, porque, todos lo saben, sin los goles de Falcao el Kaiser estaría por estas horas cerca de cumplir con el vaticinio que leyó en su carta.

Hombre apegado a la religión, devoto lector de la Biblia, Radamel compartió tanta felicidad con su compañero de Iglesia y dupla en la delantera: Andrés Ríos. En las horas previas a la revancha, había estado orando, pidiéndole al altísimo del fútbol una sonrisa propia y ondas de paz para su equipo. El pedido, está claro, se encarnó en su cuerpo. Dios jugó para River. Y Falcao, tres goles, hizo el milagro.

Revista destaca logros de futbolista cristiano estrella del club argentino River Plate

(NoticiaCristiana.com) La prestigiosa revista colombiana Cromos, una de las más antiguas publicaciones seriadas de Colombia, realizó una interesante crónica sobre la espiritualidad de uno de los mejores futbolistas del momento, que desempeña sus funciones en la primera división del país gaucho.

El siguiente es contenido del texto publicado por Cromos en su más reciente edición, que entre otras cosas celebra los 80 años del nacimiento del escritor Gabriel García Márquez, el único ganador de un Premio Nóbel en la historia de ese país:

Falcao, Con los Guayos de Dios
Por segunda vez, después de una lesión de ocho meses, este delantero colombiano se convirtió en estrella del club argentino River Plate. Los argentinos lo admiran por sus goles y su talento, pero él dice que le debe todo a su Iglesia.

El baterista termina la canción con el ‘crash’ del platillo y Radamel Falcao García, junto a los Locos por Jesús, canta:

“Toda la hinchada gritará: abajo los palos, arriba las manos y el ¡gol!”.

Después el orador sonríe, abre La Biblia y, con las manos levantadas al Señor, comienza un sermón que habla de tiros libres, fueras de lugar, pases al vacío y tarjetas rojas. Así viven el fútbol y la religión.

“Cuando el miércoles me expulsaron injustamente en la Libertadores, sentí mucha bronca”. Los fieles asienten con la cabeza.

“Entonces pensé en las palabras de la Biblia: ‘La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará nuestros corazones’ ”. Cierra los ojos y toma un segundo aliento.

“Por eso me preparé con disposición y actitud para el partido contra Racing, sabía que Él no me iba a dejar solo”.

Termina la ceremonia y todos abrazan al joven líder espiritual que compartió su experiencia. Es Falcao, quien por estos días es el futbolista de moda en Argentina, luego de marcar dos goles en la victoria de su equipo, el poderoso River Plate, contra Racing Club de Avellaneda.
Falcao, como le gusta que le digan (porque evoca al astro brasileño Paulo Roberto Falção), nació en Santa Marta en 1986, pero fue criado en Bogotá. Sus tardes de infancia las combinaba entre los entrenamientos del equipo de fútbol Fair Play y la Iglesia cristiana La Casa sobre la Roca, hasta que un empresario lo vio y le propuso probarse en Argentina. Con el apoyo de su padre, el ex jugador de Santa Fe, Radamel García, el quinceañero se fue a mostrar su calidad.

Aterrizó en Buenos Aires soñando con volverse ídolo, con ver su foto en las tapas del diario deportivo Olé y de la revista El Gráfico. Silvano Espíndola, entrenador –y pastor– colomboargentino, ya le había contado sobre la euforia de los gauchos por el fútbol, y le había recreado una y mil veces los partidos que él jugó al lado de Diego Maradona.

A pesar de la ilusión, las primeras noches bonaerenses fueron largas, eternas. El frío era asesino y el colombiano no lograba adaptarse a esa ciudad enorme y llena de extraños. Del hotel en el que vivía con sus compañeros de la octava división, salía en las mañanas a entrenar. Y del entrenamiento volvía directo al hotel, una y otra vez.

Hasta que una de esas tardes de soledad y nostalgia recibió la llamada de Jorge Ramos. Lo había visto en una foto de prensa celebrando un gol de la selección colombiana prejuvenil con una camiseta que decía “Jesús es el Señor”, y quería invitarlo a participar en una reunión de Locos por Jesús: un grupo de deportistas que se reúnen para compartir sus experiencias dentro y fuera de la cancha, leer la Biblia y conocer más a Jesucristo.

Por allí han pasado futbolistas como Jonathan Santana, Aníbal Matellán, Gonzalo Ludueña y los colombianos Killian Virviescas y Jairo Patiño. Falcao aceptó desconfiado, pero, con el paso de las tertulias, se adaptó.

Su fútbol creció como su fe. A punta de goles escaló las divisiones inferiores y fue dejando atrás a decenas de noveles futbolistas que soñaban con llegar a primera. Y en cada entrenamiento, cada viaje y cada partido, convocaba a sus compañeros para que asistieran los lunes a las 9:00 de la noche a un salón cerca de la iglesia Rey Jesús, en el barrio Palermo, para hablar, comer algo y encontrar apoyo. “No importa de qué religión seas –les decía, y aún les dice–. Uno piensa que el fútbol te da toda la alegría, pero se siente cierto vacío, que en mi caso lo llena Dios”.

Los años pasaron y su nombre se hacía cada vez más frecuente en las listas de los posibles debutantes del primer equipo de River. Pero jugadores reconocidos como ‘el Burrito’ Ortega y ‘el Muñeco’ Gallardo llegaron desde Europa para reforzar el ataque. En ese momento se sintió más lejos que nunca del profesionalismo. Fue entonces que volvió a esculcar en su colección de versículos, y rescató uno que le enseñó su madre, y que hablaba de cómo el lugar que Dios le había dado, lo haría prosperar.

Debutó un mes y medio después. El resultado: siete goles en siete partidos y el reconocimiento de la gente: “¡Grande colombiano!”, le gritaban los de River por la calle. “Maldita gallina”, le respondían los seguidores de su archirrival, Boca Juniors.

Pero una lesión acabó con sus dos meses de gloria. De los clásicos del domingo, pasó a las fisioterapias. Y de los picados de entrenamiento, a la piscina a fortalecer su rodilla derecha. “Ya está… a soportar”, dijo cuando se enteró de la noticia. Y Ramos, su guía, lo secundó: “Es un buen cristiano, tiene fe en que la recuperación sea menor”.

Se dedicó entonces a visitar futbolistas lesionados, o con problemas de drogas o alcohol. También a estar con sus hermanas y su mamá, a disfrutar del asado argentino, de las reuniones con sus amigos, de las caminatas por la ciudad, del rock, del reggaetón, de la música electrónica…

Ocho meses pasaron hasta que volvió a las canchas. Y ahora, con 21 años, volvió a ser el delantero hambriento, el goleador frío, el que confiesa que es Dios quien le dio la oportunidad de volver a ser figura.

Por eso, tras el segundo gol a Racing, Falcao se dio la bendición y apuntó al cielo con el índice. Daba gracias por volver a oír su nombre coreado por los Borrachos del Tablón, la barra más brava de River. Y recordó una canción del grupo de rock cristiano Rescate, que tanta fuerza le dio en los momentos más angustiosos:
“Amaneció, hay que salir otra vez a la cancha…”.

Por German Garavito

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