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Testimonio de amor de Dante Gebel

testimonios cristianos 2    testimonios cristianos, testimonios de impacto, testimonios cristianos impactantesExtraído del Libro ¨El Codigo del Campeón¨ Cap 6 escrito por Dante Gebel.

 

Una fascinante historia de amor
Aún recuerdo la primera vez que supe lo que significaba estar decidido. Determinado a morir, de ser necesario. A propósito, ¿has estado enamorado alguna vez?, entonces debes leer esta historia:
Era una monumental campaña evangelística del conocido ministro Carlos Annacondia, en San Martín, algún lugar de la Provincia de Buenos Aires. Quien escribe tenía dieciséis años de edad y, hasta la fecha, no conocía lo que era enamorarse a primera vista.
Unas veinticinco mil personas colmaban el inmenso predio. Hacía un frío espantoso, pero al predicador y a las miles de personas que llenaban el lugar, parecían no importarle. Fue entonces cuando la vi.
Tendría dieciséis o diecisiete, tal vez. Monumentalmente bella. Su tez era blanca, muy blanca y unas poquísimas pecas a modo de detalle decorativo, parecían iluminar más su rostro.

Tenía un pequeño cartel que la identificaba como colaboradora de la campaña. En ese momento pensé que Carlos Annacondia era un genuino ungido del Altísimo, por tener a este tipo de colaboradoras en su equipo.
Mi corazón parecía a punto de salirse de su cauce. Tenía que conocer a este ángel. Consideré seriamente simular que estaba endemoniado para que pudiera notarme, pero el riesgo era demasiado alto. No podía exponerme al ridículo y no estar seguro de que aun así, ella no se diera cuenta.
Regresé a casa y tomé la decisión de congregarme en ese descampado lugar hasta que la campaña finalizara. Mi madre pensó que un gran toque de Dios había operado en mi corazón.
El día treinta y nueve era un lluvioso sábado. La cruzada comenzó como siempre, cuando alguien interrumpió mis profundos pensamientos. Era una amiga de mi hermano, se llamaba Celina. Me saludó respetuosamente y trató de hilvanar alguna conversación. A decir verdad, no me interesaba hablar con nadie, no quería perder de vista a la mujer que había logrado cautivarme.
De pronto, Celina observó hacia la misma dirección que yo. Y sucedió lo imprevisible, lo estadísticamente imposible.
-¡Liliana! -exclamó mi casual vecina- ¡Liliana!
La mujer de mis sueños era la Liliana en cuestión. Lentamente giró su cabeza y miró hacia nuestra dirección.
-¿La conoces? -pregunté ensimismado.
-Oh, claro. Es compañera de colegio, estudiamos juntas- respondió con naturalidad Celina.
Ese día aprendí dos verdades breves:
Uno: Jamás subestimes a alguien.
Dos: Celina era el arcángel Gabriel encarnado en una mujer para bogar por mi caso.
Ahora mi amada a la distancia se cristalizaba en realidad.
Tenía un nombre: Liliana y venía sonriente, en dirección a mi persona y a esta amiga del alma, ungida del Altísimo, llamada Celina. Puedo cerrar los ojos y recordar cada segundo de esa caminata. A medida que se acercaba se hacía más bella.
Todo alrededor parecía en cámara lenta, nada era tan importante. Las palomas seguían volando en su circunferencia y las campanas parecían tocar alocadamente.
Las amigas se saludaron con emoción a escasos centímetros del lugar donde estaba parado. Recuerdo que oré de manera frenética. Esa era la oportunidad que estuve esperando durante casi cuarenta días. Era Dios que había acomodado el cosmos y alineado los planetas para que el destino permitiera este encuentro casual.
-Liliana, quiero presentarte a un amigo -dijo Celina, totalmente “inspirada” por el Señor-, Dante Gebel. Fue en ese momento cuando se produjo el encuentro. La mujer de mi vida, la primera que habla logrado conquistar mi corazón, esperaba una respuesta mía, alguna gentileza. No me malinterpretes, yo había ensayado lo que le diría si acaso el destino y la fortuna divina me la colocara frente a mis ojos. Tenía que ser una frase corta, pero contundente. Incisiva, puntual, demoledora.
Pero los nervios me jugaron una mala pasada.
-H000……. la -dije con la voz aflautada.
Y miré compulsivamente a otro lado, como si no me interesara:
¿Por qué esperamos toda una vida que nos devuelvan la mirada, y cuando eso ocurre hacemos como que no nos importa?
¿Por qué pasamos toda una vida ensayando frente al espejo lo que le diremos y cuando la tenemos en frente solo nos sale la primera idiotez sin editar?
Ella, la dama de mis sueños, asintió a mi ahogado saludo con su cabeza, y con mucho respeto siguió charlando con Celina. Quien escribe hoy este libro, seguía mirando al lado opuesto tratando de pensar algo rápido, algo medianamente inteligente que me pusiera en carrera otra vez. Pero mi cerebro estaba agotado o demasiado conmocionado.
Liliana, mi bella amada a la distancia, se disculpó con su amiga y se dio media vuelta para regresar a la campaña. La tuve a unos escasos centímetros y solo pude decirle un aflautado “hola”.
Me sentía un fracaso, un fiasco. No pretendía declararle mi amor; pero por lo menos, pude haberle dicho algo romántico, o inteligente, al menos.

Pasaron cinco años. Cinco largos años sin que la volviera a ver.
A fines de 1989, me dedicaba a cantar las alabanzas y dirigir los servicios evangelísticos de un conocido hombre de Dios. Recorríamos distintas congregaciones, realizando ciertos encuentros de avivamiento. Llegamos a una iglesia, donde gracias a uno de los músicos, me enteré de que Liliana se congregaba allí. No se había casado ni engordado ni sufrido ningún accidente, tal como habérsele caldo los dientes, el cabello o quemado la cara. Sé que suena frívolo y superficial, pero para aquel entonces era muy importante saber si había conservado su belleza, luego de extensos cinco años.
Este iba a ser mi segundo encuentro, después de tanto tiempo. Tenía que probarme a mí mismo qué sentiría cuando la volviera a ver. Si solo fue un enamoramiento de adolescente o si aún perduraba aquel sentimiento en mi alma.
Estaba entonando una canción que decía: “Toma mis manos, te pido, toma mis labios, te amo, toma mi vida, oh, Padre, tuyo soy”. Fue entonces que la vi entrar. Su figura se recortó sobre la entrada principal del templo. Los años le hablan hecho muy bien, estaba mucho más bonita aún que cuando la conocí. Su figura era esbelta, delicada. Allí estaban las campanas y las palomas, otra vez, un tanto más viejas, pero allí, revoloteando alrededor de la princesa. No hacia falta nada más, mi corazón estaba a punto de estallar. Si me tocaba morir en ese instante, estaba listo, valió la pena haber vivido solo para volver a verla.
Seguidamente, detrás de ella, alguien más apareció y la tomó del brazo.
Era su novio, o algo parecido. Era de suponer que alguien pretendiera adueñarse de una mujer tan bella.
Sé lo que estás pensando y puedo verte sonreír.
¿Crees que me di por vencido?
No estaba dispuesto a dejar pasar esta oportunidad. Ahora tenía determinación. Si la primera vez lo arruiné con mi  inexperiencia y mi falta de decisión, esta era mi segunda oportunidad y no iba a desaprovecharla. Iba a romper un techo en el proceso, si era necesario.
“Señor”, oré, “si vas a permitir que sea el pastor de los jóvenes de mi nación, permíteme demostrarte que puedo ser fiel en lo poco. Antes de salvar a miles de jóvenes, déjame arrebatar a esta pobre de las garras de ese mal viviente”.
El servicio terminó y me abrí paso entre el gentío. El novio de mi amada se alejó un momento para hablar con sus compañeros de fechorías y me dejó el campo libre. Sé que no luce muy espiritual, pero estaba profundamente enamorado y no podría mentirte diciendo que decidí esperar un tiempo prudencial. Estaba decidido. El muchacho que había entrado del brazo con ella, era simplemente un escollo.

Era un jebuseo interponiéndose ante la tierra prometida.
Un filisteo desafiando a los escuadrones de Israel.
Un profeta de Baal haciendo un altar delante del gran Elías.
Era un tal Iscariote sosteniendo una bolsa con treinta monedas de plata en dirección a la merecida horca.
Ahora si te luce espiritual?, lo sabía.
Me acerqué a Liliana y fui directo al grano.
-Liliana, soy Dante, quiero presentarme.
-Oh, sí, acabo de verte cuando cantabas -dijo.
-No, no, no. Nosotros nos conocemos desde hace mucho tiempo, unos… cinco años atrás.
-No puedo recordarlo -replicó.
A decir verdad, había orado para que no lo recordara.
-Lamento que no lo recuerdes -dije, sorprendido- tuvimos una interesante conversación. Pero lo importante es que hoy es mi último día en esta iglesia y tengo que decirte algo que he guardado durante cinco años.
Liliana me observó con detenimiento. Todas las personas alrededor parecían invisibles. Esta era mi única segunda gran oportunidad, la revancha que me ofrecía la vida. Si arruinaba este momento, tal vez en cinco años más, o menos, esta chica le pertenecería a otro hombre.
Fueron cinco segundos de silencio o diez. Pero parecieron una eternidad. Sentía que alguien debía ir al estacionamiento por un serrucho para abrir urgente el techo. El punto sin retorno, o abrir las tejas y bajar al lisiado, o bajar del techo con un puntapié del pescador, o como se llame su ocasional novio.
- Eh, bueno, lo que voy a decirte, no lo tomes como una declaración formal. Respeto profundamente que estás comprometida. Lo que intento decirte solo es a nivel profético.
El Goliat se acercaba lentamente hacia nuestra privada charla, así que, tenía que apurarme.
- Solo para que estés enterada, a nivel informativo, me veo en la obligación de decirte que yo soy el hombre de tu vida. De hecho, estás parada ante el padre de tus futuros hijos.
Lo que pasó inmediatamente después fue más que confuso. La bella dama cambió su expresión respetuosa y pasó de la sorpresa al enojo en cuestión de segundos.
Las campanas enmudecieron y las palomas volaron alborotadas del recinto.
Liliana se acercó a mi oído lo suficiente como para no ser oída por su filisteo privado y dijo:
-Nunca, nunca, nunca, tendría algo que ver contigo. No eres mi tipo de hombre, eres un desubicado y no me siento atraída por ti.
Se dio media vuelta y se tomó de las garras de su novio.
Pero era un detalle. Estaba determinado. Y si Thomas Edison descubrió dos mil maneras de cómo no hacer luz, yo apenas iba por la primera.
Así que, rompí el techo.
Envié ramos de rosas para su cumpleaños.
Escribí cartas de amor.
Le ofrecí empleo para poder costearse sus estudios en el seminario bíblico.
Hice amigos en común.
Le envié mensajes.
La encontraba “casualmente” ala salida de su casa.
Le envié más mensajes.
La tomé de la mano, con el único y sano propósito de ayudarla a cruzar una avenida muy peligrosa de Buenos Aires.
La llamé por teléfono.
Me confesó que aquel gigante filisteo pertenecía a su vida pasada.
Le envié más cartas.
Le caí simpático a su madre y le parecí trabajador a su padre.
Le robé un beso.
Finalmente la enamoré.
Seis meses y unos días después de que me dijera que yo no era su tipo, Liliana se convertía en mi esposa, en esa misma iglesia.
Aquella bella dama, se pone más bonita con el pasar del tiempo y se ha transformado en la madre de nuestros dos hermosos niños: Brian y Kevin. Aún vuelan las palomas en nuestro hogar y suelen sonar las cristalinas campanas. La compañera perfecta, la mujer ideal, la dama de mis sueños, duerme conmigo:
Determinación, es la clave. Para comenzar a predicar o iniciar un negocio. Para conseguir el empleo o lograr ese aumento.



Un Comentario para “Testimonio de amor de Dante Gebel”

  1. magali moreno says:

    DOY GRACIAS A DIOS POR ESTAS BUENAS NUEVAS YO SOY DE MEXICO Y SOLO YO CREO EN CRISTO JESUS LLEVO A MIS HIJOS A LOS SERVICIOS DE LA IGLESIA PERO NO PIERDO LA FE DE CONTAR ALGUN DIA MI TESTIMONIO DE COMO DIOS TIENE PODER PARA TRANSFORMAR A LA GENTE .QUE BENDICION ES CUANDO LOS DOS CREN EN LO MISMO SIGA POR EL CAMINO DE DIOS EL EL TIENE ALGO MAS BELLO PARA USTEDES QUE DIOS LES DE CADA DIA DE SU GRAN AMOR
    ATT.HER MAGALI MORENO FLORES

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