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Reconstruyendo Familias

Llegamos a la puerta del estadio de Deportivo Moron por separado, mi esposa Brenda y yo. Era la última noche de la Cruzada de Misión Cristiana Mensaje de Salvación en la ciudad de Morón del año 2005. Apenas nos saludamos con la mirada. Despues de convivir los ultimos cinco años como extraños en una misma casa, finalmente hacia varios meses que estábamos ya separados de hecho. Cada uno subió lentamente a una tribuna distinta.

Mientras yo lo hacia, comencé a recordar la historia de nuestro matrimonio. Susannah y yo nos habíamos casado en 1989. Susannah era cristiana, yo no. Al convivir, su paz me impacto tanto que quise también yo acercarme a Jesús. Fuimos felices, hasta que en el año 2000, nos apartamos de la Iglesia y comenzamos a vivir de espalda al consejo de Dios. Perdimos el trabajo y la casa. Susannah buscó ayuda en el ocultismo y todo fue peor. Fue internada por neumonía y anemia, pesando 30 kilos menos de su peso. Recordé cuando nuestro hijo Federico, desde que tenía solo 7 años, oraba a Dios pidiendo por nuestro hogar.

Volviendo a la noche de la Cruzada en Morón, mientras me ubicaba en una butaca, me preguntaba si podría Dios darnos otra oportunidad o si ya era demasiado tarde.

Susannah había decidido quitarse la vida si Dios no hacia un milagro en nuestra familia esa noche. La culpa y la condenación la abrumaban. Nos sentíamos incapaces de podernos perdonar mutuamente y salvar nuestro hogar, pero a medida que escuchábamos los testimonios de los milagros y las alabanzas, comenzamos a creer que lo que era imposible para los hombres, era posible para Dios. La noche era clara. El aire era fresco. Las estrellas brillaban como nunca. A medida que la Palabra de Dios era predicada, ráfagas de fe y

esperanza recorrían las tribunas y estremecían a las 30.000 o 40.000 almas que llenábamos ese lugar. Cuando el Ev. Carlos Annacondia pidió que pasaran adelante aquellos que querían empezar una nueva vida de la mano de Jesús, Susannah y yo mezclados en una multitud, bajamos de las tribunas con la mano en alto. El césped del estadio se cubrió totalmente de gente. La Hna. María de Annacondia oró para que familias sean sanadas y “el corazón de los padres se volviera a los hijos y el de los hijos a los padres”. Susannah cayó al piso como fulminada. Ambos sentimos el toque poderoso de Dios. Llegamos al estadio separados, pero nos volvimos juntos. ¡Por primera vez en mucho tiempo, dormimos bajo el mismo techo, abrazados a nuestros dos hijos y con la paz de Jesús llenando nuestro hogar! Entendimos que el perdón y el arrepentimiento eran el camino de regreso a la felicidad. Y pudimos comprobar que a pesar de nuestros errores, Dios nunca dejo de amarnos. Hoy somos diáconos y servimos como familia al Señor, que nos restauró en todo el doble de lo que perdimos.

¡A Jesucristo sea toda la gloria, la honra y la alabanza!

Comentarios
  1. Elizabeth Nin
  2. Jenny

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