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Los ciegos ven

Fue seis cuadras de aquí donde el auto chocó con mi moto,” comentó Pablo durante su entrevista luego de dar testimonio durante la campaña evangelística que tuvo lugar en la ciudad de La Plata en la esquina de las calles 19 y 78. El golpe fue tan fuerte que a pesar de usar un casco, su cráneo se fracturó en tres partes, y el parte izquierda de su rostro fue lastimado gravemente.

Cuando la esposa de Pablo, con su madre, llegó al hospital, encontraron a Pablo en terapia intensiva en un estado inconsciente.  Mientras miraba hacia abajo en la cara aplastada en la almohada, no podía reconocer a su marido. Los médicos les informaron que el tenia grave hemorragia cerebral y el nervio óptico izquierda casi cortada. No sabía si iba a sobrevivir. En desesperación, ella llamó a la iglesia donde se congregaba para pedir oración por Pablo. Poco tiempo después, para la sorpresa de todo, el se despertó, sonriendo!

Pablo quedó un mes internado, y durante ese tiempo, se operó tres veces su ojo izquierda para reparar la retina desprendida y la córnea estropeada. Pero por el riesgo alto de perder no solo la vista, pero el ojo también, decidieron no operar el nervio óptico. Resultó que Pablo perdió 95% de la vista de su ojo izquierdo. Sólo podía discernir luz y oscuridad, pero con cinco hijos en casa, Pablo pidió alta, y volvió a su trabajo en la construcción.

No tener vista en su ojo izquierdo se afectó mucho en su trabajo. No tenía campo de vista, y perdió su confianza en el trabajo en altura. A pesar de sus necesidades, y el ánimo de su esposa, Pablo no volvió a la iglesia donde se bautizó 10 años atrás. “Un tiempo antes del accidente, me fue a trabajar en Roque Pérez, lejos de mi casa. Mi situación fue bien económicamente, y deje de congregarme en la iglesia,” dijo Pablo.

Pero su vista se limitó mucho en su trabajo y en su vida. Un día su esposa le decía que iba a tener lugar en La Plata una campaña de milagros y que Dios podía hacer un milagro con la vista de Pablo también. Por eso, cuando empezó la campaña, Pablo aceptó la invitación de asistir. Llegó el primer día con su familia, y se reconcilió con el Señor.

Pablo siguió asistiendo en la campaña toda las noches. Un día, durante la oración por sanidad, puso su mano sobre su ojo. Luego entendió que algo había pasado, porque había más luz en su ojo. La pupila se dilató y este dio fe a Pablo que Dios podía cumplir el milagro. Y el Señor lo hizo! El mañana después de la quinta noche de la campaña, sonó el despertador a las 06.00 en la habitación de Pablo. Cuando se volvió para apagarlo, dio cuenta que podía ver perfectamente los números del reloj. Volvió a abrir sus ojos, y miró otra vez; podía ver los números claramente. “Amor, veo! Amor veo!” gritaba a su esposa y luego los dos empezaron a llorar con alegría.

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